SUCESO: La grasa y su doble - sobre la performance Interfaz de la carne de Natacha Voliakovsky
- Coordinación Pasantías Argentina Performance Art
- 17 dic 2025
- 8 Min. de lectura
El sábado 15 de noviembre de 2025, Natacha Voliakovsly realizó una performance en el espacio Nos en Vera en relación a su exhibición individual Interfaz de la carne curada por Valentina Quintero en Valerie´s Factory y en conjunto con el laboratorio de experimentación artística olfativa llamado Odor Sudor. Esta fue una de las acciones que llevó adelante la artista de performance art en su momentáneo retorno a la Argentina tras vivir y trabajar varios meses en Nueva York, Estados Unidos.
Por Pilar Alfaro

¿Qué hace al cuerpo más que su carne? La grasa, su materia prima, su alimento… ¿Un cuerpo estático es posible? En la performance de Natacha Voliakovsky conviven las dos: la mutabilidad absoluta de la piel y la escenificación de un cuerpo.
Al entrar al espacio de Nos en Vera, el público atraviesa unas suaves cortinas de tela que contrastan a la perfección con la dura y fría estructura brutalista devenida espacio de arte. Los cuerpos se disponen en semicírculo ante una escena que se presenta misteriosa, sólo podemos adivinar lo que va a devenir si se conoce un poco el trabajo de la artista y los elementos quirúrgicos ubicados estratégicamente ante nuestros ojos. Tras unos minutos de espera anticipada, la gente comienza a agitarse y sale disparada hacia la entrada (o hacia sus espaldas) para ver en detalle el cuerpo de Natacha que ingresa cuasi inmóvil acostada sobre una camilla. Un cuerpo totalmente desnudo, blanco, delicado, con una piel fina cubierta por algo que aparenta ser grasa, brillante y con cúmulos del material; esa delicadeza dialoga con lo duro de la camilla: todo es un juego de grandes contrastes. Las dos performers que la acompañan visten conjuntos seductores desde distintos ángulos, una desde la veladura total de su cuerpo y otra con un pequeñísimo top de látex que apenas logra cubrir su pecho y que se ata con un lazo por la espalda. Ambas se acercan a la artista con mucha delicadeza, cuidando ese primer estadio en que se haya el cuerpo. Así nos preguntamos ¿qué rol cumplen estas figuras espectrales? ¿qué harán con el cuerpo de Natacha?
Pocos minutos después, Natacha es ubicada en el ala derecha del espacio. En su completa inmovilidad sus “asistentes” comienzan a extraer los extraños cúmulos de grasa de su piel y, si nos detenemos a observar, el exceso de la materia se guarda, como un fetiche, como un tesoro, como una obsesión. Esa grasa que se moldea, que recubre y da brillo, es el ungüento que embellece o hace asquerosa a la piel. Se trata de una escena extrañada, ninguno de estos procedimientos resulta verosímil. No es un espacio médico, no es una escena completamente acética, tampoco es una pieza absolutamente teatral. No son piezas quirúrgicas con las que se extraen sedimentos del cuerpo humano, no es grasa depositada en el interior. Todo es y no es al mismo tiempo. En simultáneo a estas acciones se escucha una música que pareciera ser una amplificación del sonido de la grasa, como si se tratara de un microscopio auditivo del cuerpo y su manipulación.

Por otro lado, vemos como la pared de cemento se transforma en pantalla: la amplificación completa del cuerpo dada por la transmisión en vivo de planos detalles del cuerpo de Natacha. ¿Qué es esta cercanía? ¿Cómo podemos acceder al detalle de sus poros, sus pequeños vellos, al calor de la carne sin tocarla?

Luego de esta escena de detalles, el cuerpo de Natacha comienza a moverse, primero una pierna, un leve pestañeo, hasta que el esqueleto comienza a arquearse, como si algo quisiera salir. Así, este saco de piel que contiene los músculos, órganos y huesos, se muestra elástico. Este resulta uno de los primeros gestos acerca de uno de los interrogantes que nos trae esta performance: la multiplicidad de las pieles, las capas sobre capas —internas y externas— el adentro y afuera, la presentación y la representación de lo que es y puede devenir.

Suavemente, las “asistentes” guían a la artista que se encuentra en una especie de trance, un estado de la levitación mental donde el cuerpo deviene liviano y lábil. La transportan a una plataforma-escenario, donde se produce una escena similar a la de La Adoración del Cordero Místico (1432), de los hermanos Van Eyck, una de las pinturas de mayor relevancia del movimiento flamenco. En ella se observa de forma frontal la
imagen divina, es una pintura que mira al espectador y se presenta ante sus ojos. La creación de un escenario se da —en parte— por el trabajo de la luz, caracterizada por ser cenital y frontal, dando protagonismo al cuerpo claro del cordero. Esto mismo, sucede en Nos en Vera, donde el cuerpo cuasi transparente de la artista produce una vista frontal y escultórica de la figura.
Detalle del Políptico de Gante o Adoración del Cordero Místico (Het Lam Gods) (1432), de los hermanos Van Eyck. Óleo sobre tabla ubicado en la Catedral de San Bavón, Gante, Bélgica.
De esta manera, la performance comienza a tomar otro tinte: ahora la grasa extraída originalmente es usada para redistribuirla sobre el cuerpo de Natacha, como una virgen siendo bañada en aceites. Todo este rito se da como paso previo a la colocación de una especie de manto —si es que nos sumergimos en la terminología eclesiástica—: un vestido de látex color crudo, similar al color de la piel de la artista, con texturas de pieles reptilianas, en las que se pueden reconocer las tramas de una serpiente y un cocodrilo. Mezclándose y poniéndose en cuestión de esta manera hasta por el género humano, ¿no es acaso la mutabilidad de las células, sea por acción natural o artificialmente creada, un despellejo de la piel? Los reptiles sí que son expertos en la eliminación de ese resto de células muertas y queratina. En el acto de arrancar la molesta carcasa que los comprime y agobia revelan una piel nueva y sensible, mucho más atenta a los estímulos que la rodean. Al colocarle el vestido a la artista, se establece contacto con la piel, luego se lo quitan y lo disponen del revés, para que todas sus superficies queden impregnadas de la grasa que guarda la memoria del resto de esa piel, la mezcla de las materias primas. Se configura su imagen y su espejo siempre, el ser y su reverso.

Cuando la Madonna ya se encuentra vestida se le alcanza su rostro. Ese resto biológico devenido en obra se trata de la máscara de su propio rostro creado con grasa destilada extraída de su cuerpo en una de las intervenciones quirúrgicas que la artista se realizó. La máscara y la grasa son el único registro material que quedó de la inmanente mutabilidad del cuerpo, son ese rastro detenido en el tiempo de algo que jamás volverá a ser lo que fue. Asimismo, portar el resto de un rostro antiguo sobre el actual produce un efecto de mostración de la herida y ocultamiento del presente —esto se debe a que la máscara de grasa que la artista utiliza durante la performance está hecha en base al molde de su rostro, realizada hace seis años—. Resulta una oda al cambio, a la modificación, a la obsesión por el registro del pasado que atraviesa el cuerpo, y a cómo la manipulación de la conciencia sobre esa memoria corporal puede generar un fragmento nuevo en el presente de la carne.
Luego la escena cambia, se empieza a sentir calor en la sala, es como si pudiéramos experimentar la transpiración de Natacha, lo pegajoso de la grasa en su piel y la manera en que el látex tira y tensa el tegumento. La artista derrite su máscara en una pequeña fuente dispuesta sobre un anafe, en una suerte de laboratorio pret à porter elaborado para la destrucción y transmutación. De este modo, ahora observamos la muerte de un pasado, el fin de una era. Nuevamente, mediante la proyección de un teléfono celular, volvemos a presenciar la escena y su ampliación: vemos, oímos, olemos y sentimos cómo se va derritiendo nuevamente esa grasa, cómo ese rostro se va desvaneciendo. El calor comienza a aumentar, la cabeza comienza a llenarse de humo, de un olor que no queremos reconocer: es grasa humana cocinándose, no es un olor que se conozca, es algo un tanto más hostil, parecido a la grasa de una maquinaria. En los planos detalles vemos como las manos, el pecho, el cuello y el rostro de la artista se enrojecen pero su pulso no tiembla, sostiene con fuerza la destrucción de su máscara, pareciera no inmutarse por la incomodidad del calor, como si se estuviera en trance por el proceso de transmutación, porque sabe que va a devenir en elixir divino. Al líquido de rostro se le van agregando unas gotas del perfume que Voliakovsky creó especialmente para este reencuentro artístico con su país de origen.

Así, de la destrucción nace la belleza. La mezcla untuosa surgida de la máscara, se vierte sobre un pequeño recipiente con una delicada flor de vidrio, una estructura tan delicada que en cualquier momento podría quebrarse, elemento que funciona como metáfora del propio cuerpo humano y la fragilidad de su vida. Todo ha cambiado, ahora estamos frente a la pócima creada y el público ha devenido entre el jardín y los súbditos de Natacha, de los cuales solo unos pocos tendrán el privilegio de olor esa carne-esencia-flor. La artista toma de su tallo a la flor y elige con gran seducción quienes podrán acercarse al resto de su esencia, dejando olfatear su creación a algunas personas del público.
Finalmente, la artista vuelve al centro y levanta su flor como un cetro o un cáliz de la metamorfosis, para alejarse del escenario performático al ritmo de un remix techno de Requiem de Mozart. Lo resbaladizo y espeso de la grasa ahora nos cubre y recorre las entrañas de todxs quienes presenciamos su muerte. La obsesión como fuente creativa, la obsesión por el cuerpo y sus múltiples miradas, por indagar cada uno de sus pliegues deviene pose vigorosa, y la pregunta sobre el adentro y el afuera no tiene respuesta.
Natacha Voliakovsky —directora y fundadora de Argentina Performance Art— reivindica el cuerpo como un sitio de resistencia, transformación y agencia política. Involucrándose con el feminismo-sudaca, la estética decolonial y la autonomía radical, lleva los límites de la corporalidad a través de intervenciones quirúrgicas, acciones de resistencia y procesos rituales. Sus modificaciones corporales son actos de reparación somática y fisiológica, una respuesta al trauma heredado y vivido, reformulando el yo más allá de las narrativas impuestas. Voliakovsky desafía los sistemas de poder y las normas de género, utilizando la performance tanto como ruptura como reclamación. Actualmente, Natacha vive y trabaja entre Buenos Aires y Nueva York.
Ficha técnica:
Exhibición y performance: de Natacha Voliakovsky
Curadora: Valentina Quintero
Asistencia: Diana Martínez Tancredi
Instalación olfativa: colaboración con Odor
Sonido: MISHA
Piel: Exuvial
Ángel demonio: Dominiki
Alquimista: Maria Paz Sobrado
Deportista audiencia: Azul Rossetti
Locación performance: Nos en Vera
Locación exhibición: Valerie’s Factory
Fecha de la performance: 15 de noviembre de 2025
Fotos: Gonzalo Resti
Cómo citar este artículo: Alfaro, P. (12 de noviembre de 2025) SUCESO: La grasa y su doble - sobre la performance Interfaz de la carne de Natacha Voliakovsky. Argentina Performance Art. https://www.argentinaperformanceart.com/post/la-grasa-y-su-doble-sobre-la-performance-interfaz-de-la-carne-de-natacha-voliakovsky
Suceso a cargo de Pilar Alfaro (CABA).
Corrección y compaginación web: Equipo APA.
Pilar Alfaro (CABA, 2000) es Licenciada en Curaduría en Artes por la UNA y se encuentra finalizando su Doctorado en Artes en la misma institución. Actualmente, se desempeña en el Área de Producción de Exhibiciones de la Casa Nacional del Bicentenario y es docente en el Área Transdepartamental de Crítica de Artes de la UNA. Además, desarrolla actividades culturales junto a la comunidad drag, se dedica a la crítica artística, habiendo publicado artículos en diversos medios digitales, y participa activamente en simposios, congresos y jornadas de investigación nacionales e internacionales.
