8 artistas responden al cuestionamiento sobre el cuerpo en confinamiento


Argentina Performance Art convocó a performers y artistas nacionales que han hecho uso de la performance para reflexionar en torno al aislamiento social y al cuerpo. Ésta es la conclusión de un diálogo federal con Guido Ignatti, Inti Pujol, Lolo y Lauti, Lux Valladolid, Santiago Cao, Natacha Voliakovsky, Gabriela Cánaves Miñones y Geli González.


Geli González, 3,50 m2, rutina de confinamiento. Fotogramas de videoperformance. 2020


Por Camila Stehling

Si bien la tan esperada flexibilización del aislamiento social obligatorio está ocurriendo, con avances y retrocesos constantes, seguimos atravesadxs por las secuelas que dejó la cuarentena total. Huellas impresas principalmente en el cuerpo, en el contacto con otrxs y en la economía de los pueblos. En este sentido, es importante reflexionar cómo operan estos cambios inesperados en uno de los campos más afectados, el artístico, en particular el lenguaje performático. Es decir, está claro que el impacto de este fenómeno transversal va más allá de sus consecuencias en la producción y comercialización de obra. Éste ha tomado por completo a todo sujeto social y, en este caso, a la concepción de corporalidad que tenían lxs artistas, siendo la misma fundamental para entender la configuración de dicha práctica y sus posibles modificaciones.


El testimonio de Geli González, artista visual y docente oriunda de Tucumán, da luz a esta problemática al revelar con una poética catártica sus incógnitas acerca de los efectos del aislamiento en su conducta y su cuerpo, homologando a este último con el territorio. “Mi cuerpo es como una isla: el aire me toca y separa de otros cuerpos-islas. Estoy rodeada de distancia. No hay contacto corporal, no toco, no abrazo”, ésto se hace eco en “la piel distante, esas otras pieles y la distancia que impide palpar la textura de esas pieles, percibir sus temperaturas”.



Gabriela Cánaves Miñones

¿Para qué/quién y adónde?

2020



La imposibilidad del encuentro al que refiere reafirma la urgencia de un tipo de interacción que requiere del tacto y la compañía física. Una necesidad que sólo puede ser saciada parcialmente, mediante el acceso a “voces y miradas a través de dispositivos de comunicación”, agrega la artista. Ésto deja al deseo en una posición engorrosa, insatisfecho, de frente a la adaptación abrupta como única opción. Pasando los días como González, en donde sus “movimientos han quedado reducidos no sólo gran parte del día, sino todo, a unos 20 m2. Cuento apenas unos ocho a diez pasos desde el baño a la cocina, de la cocina a la cama, de la cama a la puerta de salida del monoambiente. No hay gestos ampulosos, no son posibles. Este acotado espacio condiciona mi cuerpo. Construyo una nueva rutina de confinamiento”.


Como diría la artista autogestionada chubutense Gabriela Cánaves Miñones, coordinadora de la red habilitante de obras y performers PePa (Performance en Patagonia), bajo estas circunstancias “el cuerpo ha pasado a ser pura imagen, perdimos el olfato, el tacto, la piel y la posibilidad de agruparnos”, puesto que “la cuarentena exacerba el lugar de confinamiento que ya teníamos, donde el otro es el enemigo. Las fronteras volvieron a tener peso, ahora llegaron a tu puerta, al barbijo, nos advierte Paul B. Preciado”. Esto lleva a “reconstruir ese tiempo, que ordenaba y normalizaba, hay que planificar la angustia, nos invadió la ambigüedad. Hay que tomar el tiempo como ocasión, como el Kairós, para pensar, para perdernos”.


La mención de un encierro ya existente en donde el pensamiento habita deja entrever su histórica relación, resignificada hoy en día por la cuarentena, la misma que reconfigura la práctica artística. Según Guido Ignatti, artista multidisciplinario, curador y gestor cultural de Buenos Aires, “el intento de transferir la experiencia del artista a su público siempre fue de algún modo el catalizador de la obra de arte en su espacio y tiempo activo. Esta experiencia surge de ideas internas que pueden ser introspectivas y solitarias, y que (a través de su intelectualización, una metodología y una pulsión vital) se organizan para emerger y ser compartidas con sus audiencias”. Aquí es donde Ignatti hace hincapié en aquello que se experimenta como una novedad pero que siempre ha estado presente de algún modo. “Antes de la pandemia ya vivíamos confinados a estas ideas, atrapados buscando cierta autonomía circunstancial de nuestros cuerpos. Antes de la pandemia, ya vivíamos en una vorágine interna tratando de llegar al otro a través de la acción, de conectar para hacerle saber qué sienten nuestros cuerpos deseantes, desafiantes y qué es lo que tenemos en la cabeza. Y ni siquiera entonces la obra, la idea, llegaba a destino. La señal quedaba violentada, ya sea por los contextos sociales, las coyunturas políticas o el bagaje personal”.




Hoy más que nunca estamos atravesados, intermediados, por dispositivos de todo tipo: principalmente por los tecnológicos y de control social sobre los derechos y las libertades. La transferencia 
de una experiencia performática, así como la veníamos entendiendo, la veo difícil. Pero siempre ante una imposibilidad surge una alternativa. ¿Será que es el momento de que nuestra investigación como artistas opere sobre los dispositivos que intermedian, enfatice más en la transmisión (en términos de flujo de información y datos) y no se obsesione con 
la transferencia de nuestra subjetividad? Siempre estuvimos aislados, encerrados, atados, recién ahora lo notamos

Guido Ignatti, Autorretrato. 2020





Ante esta realidad que se nos presenta, como la imposición de una nueva cotidianidad que va a destiempo y angustia por su carácter disruptivo y divergente, se emprende una búsqueda hacia “nuevas narrativas y de reconciliación con ciertas zonas de nuestra existencia”, tal como expresa Cánaves Miñones. Sin embargo este panorama, que pone a la performance de cara con la virtualidad con la intención de preservar el lenguaje performático y la vida social, tiene un significado distinto en algunxs de lxs artistas que venían trabajando, en términos conceptuales y estéticos, con herramientas propias del campo digital. Éste sería el caso de la performer y artista visual marplatense Lux Valladolid, quien vive y trabaja en Buenos Aires, cuya investigación dentro del arte contemporáneo “está íntimamente vinculada a las experiencias humanas y su 'compatibilización', como se refiere la antropóloga Paula Sibila, con el avance tecnológico en la vida diaria”, comenta. Por eso mismo, explica que su hábitat natural, su campo de acción, “siempre estuvo ligado a las plataformas digitales, al futuro incierto, a la distopía y al tecnoceno. De alguna manera, mi cuerpo, los de mis personajes, casi siempre estuvieron exhibidos mediante pantallas como soporte primario”.


Lux Valladolid

Armarse estudio en casa

2020



En este sentido, la artista expresa que si bien “la pandemia me encuentra en una etapa sumamente enriquecedora y estimulante, obligándome a vivir cada minuto, haciéndome nuevas preguntas y dedicada a un intenso trabajo de observación y documentación de la nueva ola de comportamientos globales serializados”, también la pausa que conlleva la misma “ha puesto en jaque al mundo del arte. El sistema entró en una crisis de circulación, que obligó a preguntarse cuestiones como qué es exhibir, si cualquier persona que hace un Instagram Live se transforma inmediatamente en performer, o sobre la idea de que ahora todxs lxs artistas se autodenominan 'digitales' por la sola urgencia de visibilizarse mediante internet”.

De esta manera, Valladolid introduce el advenimiento de un cambio de paradigma en el campo artístico, anudándolo sobre una concepción de la vida que no distingue la realidad de la virtualidad. Además, hace referencia a la necesidad de “darnos un espacio y llamarnos a la reflexión colectiva para descubrir nuevas maneras de habitar el mundo. Pensar nuevas definiciones de espectadorx, encuentro, producción y capitalización de nuestras obras, y sobre todo, cómo nos impacta este sometimiento a la imagen”. De hecho, como comunicadora y trabajadora de la imagen, expresa que “toda actividad pasó definitivamente a depender de las posibilidades comerciales que aportan las redes sociales, internet y el encuentro simbólico de los cuerpos en las plataformas de videoconferencia”.


Lolo y Lauti

iSexy

2017



Al observar los cierres masivos de espacios y la prohibición del encuentro físico toma fuerza la idea de la virtualidad convertida en el medio por excelencia de socialización, consumo y rédito económico. Manifestándose en su mayor expresión, ya que demuestra lo indispensable que es para la subsistencia de la actividad laboral y social. Esta condición, que pareciera ser determinante, desemboca de alguna manera en una reducción de opciones, otorgándole una mirada particular a los procesos de producción. El dúo de artistas contemporáneos de Buenos Aires, Lolo y Lauti, contraponen el pasado y el presente al relatar sus experiencias: “Nosotros veníamos trabajando desde hace tiempo con la idea de la presencia como algo no ligado a la locación, gracias a la mediación de la tecnología. En estas piezas, nos basábamos en situaciones hipotéticas, que a la vez eran muy reales por su carácter cotidiano. Pero ahora esto viene a ser obligatorio, dificultando el pensarlo con perspectiva”. Es decir, “la vida antes de la cuarentena se siente lejana, el futuro es imaginable y el presente es una especie de prisión”.


Natacha Voliakovsky, Survival praxis

Fotograma de performance virtual realizada vía Zoom

2020


Otrxs tuvieron que readaptar la práctica performática, como la performer y activista Natacha Voliakovsky, quien también proviene de Buenos Aires y, a causa del aislamiento, en este último tiempo realizó tres acciones en vivo y tiene una cuarta en camino. Una de ellas fue mediante Instagram Live y las dos restantes a través de Zoom; en las mismas hubo una canasta de propinas y la artista ganó un total de 85 dólares. “Fueron un work in progress. Me mostraron una nueva posibilidad y un cambio de percepción en cuanto al espacio, el cual era mi casa/taller y en ese momento se vio transformado en un no-lugar”. Cuenta que en un principio lo vivenció como una novedad pero “con el paso del tiempo comencé a sentirlo como la nueva manera de hacer la práctica”. Preguntándose hoy cómo construir desde este lugar que habita y habitamos, frente a un pasado que revisa con nostalgia, dice:


Tener una mirada retrospectiva cuando pienso en la práctica me lleva inevitablemente a reflexionar sobre los posibles giros que dará en un futuro la performance. Y sin lugar a duda, las mutaciones que sufrirá mi identidad como performer. Ésto nos mostró otra realidad en la cual hay que tener en cuenta la nueva performatividad en juego, en relación a la necesidad a que nuestro trabajo circule, sea visto y redituable a la vez. 

Esta búsqueda de estabilidad, en un contexto que pone en tensión a la economía, realza una problemática estructural que ya existía y se ha potencializado en la actualidad, puesto que ésta es un factor de gran influencia a la hora de hablar sobre la desigualdad social: la misma que también se presenta junto a los interrogantes que surgen en relación al devenir del cuerpo colectivo y la organización de los mismos, una de suma importancia en la identidad del pueblo latinoamericano. De hecho, la artista y activista antiextractivista mendocina Inti Pujol comenta que “la pandemia sobreviene en un momento en que Latinoamérica se encuentra revolucionada y vulnerada por el extractivismo. Revueltas y planteos sobre cómo organizarse y dominar el cuerpo social hacen ruido. Escuchamos hablar, cada vez más, que somos cuerpos endeudados y que esto no es legítimo. En esta escena, la clase política se encuentra cuestionada por avanzar sobre los derechos fundamentales de las personas, ejemplos inquietantes son Piñera y Bolsonaro”.



Inti Pujol, Retrato yendo a una asamblea durante la cuarentena. Usada para bombardeo virtual contra el estado durante el DNU. 2020




De esta manera, Pujol va trazando una opinión crítica que visibiliza la criminalización de la protesta y de los sujetos más vulnerados, al igual que el peligroso refuerzo de la hegemonía que continúa atacando. “Por muchos motivos hoy la desigualdad reluce en un contexto donde ‘el otro’ parece ser una amenaza latente de contagio. Esta amenaza varía según el poder adquisitivo. No es lo mismo venir de Europa y cumplir la cuarentena en un hotel que ir preso por pedir comida en la calle en tiempos de cuarentena; los números de CORREPI no mienten. Este tipo de situaciones muestran que las preguntas históricas de la performance sobre el cuerpo y la violencia simbólica sólo se intensifican con el COVID-19, complejizándose si le sumamos características contemporáneas como el manejo de big data para el control social y la creciente desigualdad que trae aparejada la criminalización de la pobreza para todxs aquellxs que no se encuentran bancarizadxs”.



En esta vorágine de acontecimientos y reflexiones que se edifican al unísono, el cuerpo termina confinado en la imagen, lo que recuerda a las palabras planteadas por Santiago Cao en la publicación Pensar en cuerpo es pensar en plural (2016). El artista y urbanista, nacido en Buenos Aires y quien vive de manera itinerante entre Brasil y México desde hace un par de años, pregunta en dicho texto “¿cómo sabemos que allí hay cuerpo y, al mismo tiempo, sabemos que no hay sino imagen de cuerpo?”. Aquí nos da la pauta de que en aquel espacio inmaterial que habitamos no hace “falta que hubiera cuerpo para que nosotros ‘supiéramos’ que eran cuerpos. No hizo falta siquiera que les tocáramos. Y por un instante, el cuerpo se hizo presente en su ausencia. La imagen-cuerpo ocupó el lugar del cuerpo matérico”, prescindiendo así “de la materialidad, tornándose presencia en sí mismo; que puede desplazarla para ocupar su lugar”.


Estos cuerpos expandidos, comenta Cao, “podrán recorrer grandes distancias sin moverse de su espacio y, paradójicamente, perder su fisicalidad sin perder su presencia. El Cuerpo, entendido no sólo como un constructo social, sino también como una potencia afectiva disruptiva, capaz de afectar y ser afectado por otros Cuerpos, produciendo desvíos en los saberes que pretenden organizarlos”. En este sentido, éste pasa a ser “un complejo tramado que se tejerá con otros Cuerpos en prácticas cotidianas atravesadas por las nuevas tecnologías y las redes sociales globalizadoras”. Así va articulando una noción de corporalidad con respecto a la imagen, la misma que trasgrede el tiempo para dialogar con una problemática contemporánea, al dejarnos frente a estos cuerpos expandidos.



Santiago Cao

Espacios [in]seguros

2010



















Camila Stehling (Buenos Aires, 1993) es crítica de artes visuales. Desde 2014 ejerce como periodista con perspectiva de género en medios especializados en cultura y artes visuales como Ramona, Claqueteados, Revista Chocha, Leedor y El Gran Otro. Trabaja de forma independiente en comunicación y

curaduría y ha participado de proyectos en espacios artísticos como Casa Brandon, Espacio Cabrera y Proyecto Video-arte Larga Vida a la Nueva Carne.

Se desempeña como asistente de dirección en la galería de arte Acéfala (CABA).



Foto de portada: Santiago Cao, Espacios [in]seguros. 2010

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